22 enero, 2026

Las nieves de la infancia

Por redacción puntocomunica
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La única patria que tiene el hombre es la infancia”
Pablo Neruda

Las negras, plomizas y pesadas puertas del Colegio Pureza de María Cid se abren de par en par, como un soplo de vida, inmenso y extenso, cómo si las correntias vitales se desatarán en un instante para pasado unos minutos, que parecen segundos, volvieran a su cauce.

Padres, abuelos, muchos abuelos, e incluso hermanos entran para recoger a sus hijos, a sus nietos, a sus propios hermanos. Infantil y Primaria aún mantienen los vínculos con el afecto y el cariño que se desprende de la protección a unos menores que siguen aferrados al cobijo y al amparo de sus seres queridos.

Aquel cercano día no fue un día cualquiera de curso, aquel cercano día fue el último día lectivo antes de dar inicio a las vacaciones de Navidad. Y digo bien, Navidad. No permitiré que nadie me la nombre de otra manera; cada cual que la viva y la interprete como quiera. ¡Faltaría más!

Los días previos a aquel cierre de trimestre fueron especiales, y lo fueron porque nuestros hijos, apoyados siempre en la comunidad educativa, nos hicieron participe de sus maravillosos festivales. La comunión entre todos fue perfecta. Lástima que vayan quedando tan pocos eventos de esa índole; la edad, siempre ella, va cambiando unas cosas por otras. Infancia, adolescencia, madurez, senectud. Toda una vida resumida en esas variadas etapas, Convergencia y divergencia. Sol y sombra.

Los portones negros y chirriantes se cerraron. Volvió la paz y el recogimiento a Pureza de María Cid. Intramuros no sabe lo que pasa extramuros; o si lo sabe guarda voto de silencio.

Pero, he ahí el milagro de la vida, tras esos portones cerrados se abrieron los alcázares de la familiar escapada hacia las nieves perpetuas de las montañas a poco más de una hora de la mediterránea Valencia.

Iván, Vega y Álex, junto a sus padres, Inma y Diego, tras el paso del día de Navidad pusieron rumbo a Manzanera (Teruel). Se trataba de escaparse un fin de semana para ver, en el caso de nuestros hijos, la nieve por primera vez.

Manzanera no acogió benigna en su seno. Aquella cabaña tan envolvente, tan familiar, con esos detalles tan cuidados nos aislaron de la cotidianeidad y nos sumieron en una autentico cuento de Navidad. Callejear sin rumbo, adentrarnos en la calle del pueblo, navideño y frío, y de vuelta a la cabaña ‘el Paraíso’ al amparo y al cobijo del calor hogareño. Juegos de mesa, la tele de fondo, el frio cercando la cabaña, el viento soplando iracundo y susurrando desde la cercanía su aterida soledad.

¡En pie!, ¡despertad, hay que ir a ver la nieve! Gritó el ‘general’ a sus infantes. La expectación y el nerviosismo eran palpable en el ambiente. Y ese nerviosismo fue creciendo a medida que nos acercábamos a nuestro objetivo.

Según ascendíamos a Javalambre el paisaje níveo lo empezó a invadir todo ante la mirada entre incrédula y anonadada de mis hijos. Hasta Inma parecía una niña pequeña que alborozada sonreía y vivía con intensidad el momento. Luego llegó la estación de esquí, el frio casi polar, las dificultades para ver más allá de nuestra vista, el tumulto y la algarabía general de todos los que por allí estábamos. Y de pronto, entre foto y foto, entre risa y chillido nervioso comenzó nevar con una dulzura y un encanto casi literarios. Los copos que caían y se posaban sobre los gorros de mis hijos, sobre la abrigada chaqueta de Inma, sobre la cazadora negra que me regaló mi madre hace ya una eternidad de ‘Caramelo’. Mis hijos alucinados, casi en un trance níveo, incluso nosotros, sus padres, embriagados del hermoso y casi virginal cuadro que se abría ante nuestros ojos. Y a todas estas la memoria, mi memoria guardando para sí todos aquellos pequeños instantes, todos esos minutos, toda esa hermosa concatenación de aconteceres que vivirán en mí hasta el último de mis alientos vitales.

Fuimos a la nieve para respirar vida, fuimos a la nieve para dejar atrás la rutina diaria, los quehaceres mundanos, las prisas diarias, el chirriar de las negras puertas de Pureza de María Cid; fuimos para respirar libertad, vitalidad, espontaneidad. Fuimos para vivir en familia un fin de semana que ninguno de nosotros olvidará.

Valió la pena echar a andar no mirando atrás, valió la pena pasar frío, encender la calefacción, recorrer de arriba abajo y de abajo a arriba la calle principal de Manzanera, su arteria femoral, allí donde la vida tiene otros valores, otras sensaciones tras un sorbo de café con leche en el bar ‘Carmen’ para luego regresar al ‘paraiso’.

Y de vuelta a casa, a los quehaceres diarios, a los libros, a las clases, al trabajo; y la nieve se derretirá, y las estaciones pasaran, y el reloj no cesará en su impasible deambular vital pero allí, en los recónditos parajes de mi memoria, las nieves de la infancia pervivirán.

Diego de Vicente Fuente