9 febrero, 2026

Hijos de un dios menor (Valencia CF)

Por redacción puntocomunica
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Dadme un punto de apoyo y os sostendré el mundo.
Dadme hombres y te daré un nombre.

-Dedicado a mis hijos Iván, Vega y Álex, mis corazones púrpura-

Hubo un tiempo, no muy lejano en la distancia ni en el archivo fecundo de la memoria, que esta ciudad vivió inmersa y sumergida en los brazos custodios de un elenco irrepetible de jugadores que realzaban sus hazañas futbolísticas con elegancia, tronío y realengo.

En la Valencia de los amaneceres mediterráneos, en la de los tranvías a la Malvarrosa, en la de los cuadros coloridos de un Sorrolla sublime y celestial no hubo guerra de egos entre las historias y las vivencias de dos ciudades con aromas de leyendas surgidas de los cimientos espirituales de sus próceres fundacionales. Dos ciudades en una. Divergencias y convergencias vitales.

Desde siempre la Valencia mundana, la pagana, la cristiana, la Valencia anaranjada, la crepuscular, la náutica, la de las lunas a medio cerrar, o tal vez será mejor decir a medio abrir bien sabe lo que es caer y levantarse; bien sabe de dramas y tragedias, y no, no a las maneras y formas griegas sino a las maneras y formas valencianas. Desde siempre el valenciano se ha hecho y se ha rehecho, ha tropezado pero ha continuado. Unas veces asido a su señorial historia y otras, la mayor de las veces, dando forma a las poliédricas aristas que la vida, ¡siempre ella!, les fue poniendo en el camino.

Hubo un tiempo en que los grandes gourmets del deporte rey acudían al Sancta Sanctorum blanquinegro para disfrute y deleite de los allí congregados para paladear un fútbol de diseño, un fútbol de escuadra y cartabón, un fútbol que mezclaba lo almibarado con lo pétreo e indestructible. Y ese fútbol se dio, existió, se vivió y por encima de todo se sintió, se sintió en el tejido epitelial, en las arterias, pero sobre todo en el corazón ‘blanc-i-negre’. El calor, la pasión, el fulgor y el ardor cohabitaron en el Coliseum de la avenida de Suecia entre el gentío popular que no distinguía entre sus moradores a médicos, abogados, camioneros, camareros, profesores, jóvenes, ancianos, niños, mujeres, hombres…Sólo aficionados. Y de todo esto que hablo, que escribo no sucedió hace decenios, o tal vez sí, ya no lo sé.

El recorrido vital, y por ende histórico de una entidad, de una ciudad, de un pueblo, e incluso de una generación dan para vivir infinidad de situaciones; y en ellas se dan épocas de bonanza, pero también etapas de precariedad institucional, familiar, laboral, deportiva, emocional; de dudas y sombras. Existe la alternancia.

La Valencia futbolística vive desde siempre sumergida en dos corrientes bien definidas; por un lado, los puristas, los academicistas encarnados en la figura de los seguidores del Valencia CF; y por el otro lado los románticos y literarios que portan con orgullo el escudo del Levante UD. Parafraseando a Charles Dickens es la “historia de dos ciudades”, separadas por el ensoñamiento acuoso del río Turia, el río de todos.

Hubo un tiempo que Mestalla devoraba a sus presas con un ansía y un instinto casi animalesco, rozando la barbarie deportiva en el buen sentido de la expresión. Visitar el templo ‘che’ producía pavor, y sacaba a relucir todas las inseguridades y debilidades de los rivales. Los previos a los partidos, con aquellos aledaños rezumando colorido no lo hubiera imaginado ni el mismísimo Joaquín (Sorolla). El equipo portador del murciélago era, y digo bien, era un grande. Se sentaba en la mesa de la alta burguesía balompédica, era invitado a las mejores fiestas, se codeaba con lo más granado del fútbol y lo hacía mirando fijamente a los ojos de sus afamados interlocutores, hablándoles de tú a tú.

Los Títulos fueron llegando, la historia se fue escribiendo utilizando una grafía de suma calidad, los escribas se daban codazos entre sí para portar la elegante y sin par pluma que destilaba la más cualificada de las esencias lingüísticas.

Pero aquel tiempo de vino y rosa pasó; las páginas de la Memoria del Club empezaron a emborronarse, la tinta utilizada perdió calidad, los reputados escribas cedieron sus puestos a otros de menor enjundia y la cosa comenzó a ir de mal en peor, Llegaron unos, pasaron otros, y el otrora Valencia CF, el Club de siempre, el de los príncipes y los grandes mercaderes pasó a manos de simples y burdos trileros que prometieron lo que jamás sabrían que cumplirían. Se fue la excelencia y llegó la vulgaridad, la simpleza. Se disipó la brillante luz, se destapó, casi se desnudó al equipo desposeyéndole de su manto real y ‘desamparándole’ de su áurea virginal. El orden dio paso al desorden, al caos, la victoria cedió su corona a la derrota. Mestalla tomada, forzada, Mestalla herida y vilipendiada por los equipos llegados de otras latitudes, e incluso de otros estratos deportivos diferentes. El eje mesentérico de la entidad sin recibir flujo sanguíneo en forma de tardes de gloría al cobijo de sus centuriones, de sus mesnadas, de sus fervientes correligionarios. El eje mesentérico necrosado. El eclipse llegó avisando pero nadie le hizo caso. El junco se dobló, la nave zozobró. Los arcabuceros reales rodilla en tierra, genuflexionados ante el abisal dolor que les produjo la derrota.

Hoy no es una historia ni de hombres ni de nombres. Hoy no he venido a recitar alineaciones históricas, ni a contarles el botín que puebla en sus vitrinas; hoy no, hoy he venido a confesarles que por culpa de este Valencia CF decadente, roto, malherido y en constante degradación institucional y por ende deportiva he visto a mi hijo de 10 años, Iván, llorar y sufrir. Y él, Iván, no entiende nada; no comprende que el equipo, su equipo, mendigue sentarse en la mesa de los mediocres, de los convidados de piedra de una Liga decadente y excluyente; él no entiende ni comprende porque el Club, su Club, se acomoda en las esquinas, en los suburbios de una Liga que otrora le perteneció por derecho y por méritos. Aquellas Ligas, aquellas Copas, aquellos Trofeos ganados contra todo y contra todos. Cuánta hermosura vital y literaria, cuánto resplandor en la hierba.

Me niego a pensar que Iván forma parte de una generación perdida, de una generación resignada que juega para no perder, que lucha para no bajar, que poco a poco va olvidando las batallas épicas frente a los grandes de España, de Europa. Me resisto a pensar que su glamurosa historia se esté reescribiendo con renglones torcidos, y no por Dios sino por los hombres.

Hoy no es una historia ni de hombres ni de nombres; hoy es un día de sentimientos, de emociones, de quejas plausibles, de deseos irrefrenables, hoy en día de juntar los ‘escudos’, cerrar filas, alzarse hasta ponerse en pie y alinearse para comenzar la reconquista. Valencia y el Valencia CF se lo merecen; y su afición, entre ellos mi hijo Iván, aún más. ¡Qué el murciélago vuele libre! ¡AMUNT VALENCIA, IVÁN, AMUNT SEMPRE!

Diego De Vicente Fuente, en Mislata a 09/02/2026