17 octubre, 2026

El Águila de Enguidanos

Por redacción puntocomunica

Toda nuestra gratitud; la de Inma, mi mujer, y mis hijos, Iván, Vega y Álex hacia Pedro, Neri y sus hijos, Pedro y Eric

Mislata, 17/10/2026, Diego De Vicente Fuente
Desde la carretera que desciende al pueblo se avista, allá a lo lejos, sobre el rocoso y heráldico castillo, el vuelo altivo, señorial, e incluso imperial del águila, del águila de Enguidanos. Cautivadora forma de abrazarse a sus riscos, a sus montañas, a esa naturaleza donde por encima de todo brota, mana el agua. Ese agua que baja con fuerza, con decisión, sin vacilar ni un instante en su curso. Las Chorreras del Cabriel se ofrecen virginales ante la mirada atónita y sorprendida del viajero que viene de fuera. Un río Cabriel que junto a sus otros cuatro hijos, San Martín, Mira, Narboneta y Guadazaón, cubican con un amor casi maternal a la antigua aldea, luego villa y hoy pueblo de Enguidanos.

Las ya extintas lavanderas genuflexionaban medio cuerpo en los lavaderos que para tal fin existían, Hay fotos en el hogar del jubilado que lo atestiguan. Mujeres que mientras lavaban las ropa cuchilleaban entre ellas sus historias, algunas azarosas y otras novelescas de un tiempo en donde la juventud les brotaba por cada poro de sus curtidas pieles. Historias de amores perdidos, de amores sumergidos en las frías aguas del Cabriel. Para ellas quedaron sus sueños, pero también sus pesadillas.

Esas mujeres se hicieron mayores, parieron hijos, se levantaron cuando vinieron mal dadas y en los fríos y duros inviernos siguieron tejiendo sus vidas, sus mundanos aconteceres y sus espirituales deseos a la sombra y al cobijo del paraje indómito y hermoso de Enguidanos. La vida, a veces, concede treguas, hay que saber aprovecharlas.

Enguidanos transita entre manantiales, entre callejuelas que suben y bajan, entre senderos que serpentean y recorren la zona haciéndola más agreste de lo que aún es. Allí, en la Serranía Baja conquense, la lírica y la prosa se hermanan para dar como resultado un poemaria de sensaciones y percepciones de marcado acento celtíbero, orgullosa herencia que cada octubre muestran con su Keltiber. Este año, entre los días 9 y 12 se celebró la edición XXII de una vuelta a esa época de la historia que con tanto orgullo y honor muestran los enguidanenses. La huella de esa ancestral cultural es bien visible teniendo como epicentro de la misma al cerro Cabeza Moya. Allí, en aquel cerro comenzó todo. Las mesnadas se desplegaron y sometieron a las tierras y a sus gentes pero no a los ríos que se mostraron intratables y no cedieron ante el empuje de las hordas; pero pese a ello la magia y el duende nunca se fueron; se escondieron entre las múltiples cuevas que adornan y recorren el paisaje.

Iván, Vega, Álex, Pedro y Eric conquistaron el castillo-fortaleza en el promontorio más elevado y desde sus muros ejercieron de arqueros de una edificación otrora musulmana y hoy cristiana. Nuestros hijos, desde sus infantiles y menudos cuerpos no sólo soñaron con gestas épicas sino que acunados por la belleza y el esplendor de los parajes vivieron una aventura inolvidable que les acompañará siempre.

En ese ambiente festivo, en ese ambiente Keltiber saltaron en el castillo hinchable, y lo hicieron cada uno de los días que estuvimos, como si no hubiera mañana, como si ante ellos se hubiera abierto una vía, un sendero, un atajo que los condujera directamente al cielo. ‘La aventura de los Cinco’ de Enid Blyton.

También domesticaron al toro mecánico con descaro y gracia. Y tras caer, cosa permitida, volvieron a levantarse, cuestión de obligado cumplimiento.

Las mujeres de Enguidanos nos ofertaron su degustación gastronómica entre sonrisas cómplices y chascarrillos. A las 2 de la tarde las cacerolas se abrían para grandes y pequeños. Luciendo sus delantales blancos el olor a comida recién hecha inundaba la calle, las aceras, el pueblo. Y luego estaba Pilar, camino de casa, con sus productos de la huerta a los pies de su puerta. La sempiterna Pilar parece hecha de piedra, agua y yeso; ese yeso que emana de una montaña que busca tu mano para que la poses sobre ella y dejes tu indelebre huella por y para siempre, Y alli que quedaron nuestras huellas adheridas a la montaña, nuestros paseos, nuestras sueños nocturnos en aquella acogedora casa que nos hizo sentirrnos lugareños y no viajeros de paso. Esa casa llena de niños, de risas, de partidas de trivial, de balones perdidos y luego recuperados; la casa del cumpleaños feliz y la tarta de la abuela.

El bautizo en el Cabriel llegó al día siguiente sin cura pero con testigos ante Dios y los hombres.

Durante unos días fuimos cautivos de unos parajes de leyenda que todavía consevan los tiempos de la épica y de la estética que la historia les confirió. El paisaje al servicio de la literatura, la literatura al servicio del paisaje.

El Cabriel y sus hijos, indómito y salvaje el padre, juguetones y desafiantes los hijos. Enguidanos y su pasado heráldico, allí donde el tiempo se tomó un respiro; allí donde los hijos y los nietos vuelven huyendo despavoridos de los ruidos y las prisas de las grandes ciudades. Escapando del consumismo y de la señal wifi.

Huida hacía adelante, dejando atrás Minglanilla y sus magdalenas, prefiero los embutidos de la carnicería Urbano, esa que con tanto agrado dirige Sonia con mano de hierro y siempre con una palabra amable, huida para encontrar la paz, la calma y el sosiego entre saltos de agua y vuelos altivos de un águila que protege con su alas todos los contornos del pueblo. Manto alado de una criatura milenaria. No es Senu,el águila de Bayek en la saga Assasin´s Creed; no es un águila fasciata; es simplemente el águila de Enguidanos.