Conversaciones con Iván (la descomposición del Valencia C.F.)
Con todo el amor del mundo para mis hijos Iván, Vega y Álex
Iván, mi hijo Iván, ayudado por el viento eleva su cometa al viento en la capitalina playa de la Malvarrosa; su cometa lleva en el centro de la misma el escudo de su equipo, el Valencia CF.
En cuestión de segundos coge altura y se hace pequeña desde la distancia que separan la arena y el mar del cielo. Esa cometa lleva sobre ella y alrededor de ella todos los sueños y las inquietudes que puede atesorar un niño de 11 años que siente y padece los variados contratiempos que escalonan la trayectoria de su equipo.
Vega y Álex, sus hermanos, corretean alrededor, cerca de él. Le molestan, buscan que la cometa pierda altura y se dé de bruces contra la fina y dorada arena de la playa, esa playa que inmortalizó el pintor de la luz, Joaquín Sorolla, en otro tiempo, en otra época pero misma arena y mismo mar.
Mis hijos juegan, corren, saltan, sonríen, mis hijos son felices. En un momento dado y ante mi sorpresa Iván me pregunta sobre la actualidad, sobre la historia, sobre los tiempos de vino y rosa del Valencia C.F. Sus preguntas me hacen reflexionar y con rapidez dejo que mi mente ordene lo desordenado; respiro, cojo aire, Quiero contárselo todo, desde el principio. No soy Paco Lloret, el compilador y recitador de la historia de club del murciélago, un juglar literario; yo soy un simple becario de los aconteceres temporales de la UD Las Palmas, mi UD Las Palmas.
Cómo le puedo explicar a mi hijo que su equipo, hoy una sombra alicaída de lo que otrora fue llegó a ser considerado el mejor equipo del Mundo en el año 2004; cómo puedo hacerle entender que su equipo, en otro tiempo un grande, un noble con realengo y abolengo es un conjunto, una entidad resquebrajada, fracturada, expoliada y zarandeada sin rubor por un grupo de personas que por muchos años que dediquen jamás llegarán a entender el sentimiento valenciano y por ende valencianista. Quimérico intento de hacer ver la luz a quienes andan ciegos desde que desembarcaron en esta ciudad, en esta tierra.

El valenciano tiene un apego y un arraigo hacia todo lo suyo que lo hace especial. Ungidos por ese aire novelesco proveniente del mismísimo mar Mediterráneo defienden cada milímetro de su tierra con una pasión y un fervor mariano que es inquebrantable al desaliento. No se vencen con facilidad, se crecen ante las adversidades y muestran un estoicismo que ningún manual de psicología recoge.
Iván, querido hijo, este Valencia no es aquel que hace ya bastante tiempo paseo su talante y su talento por todos los campos de fútbol. Lo han roto, lo siguen destrozando, pisoteando, y lo hacen sin rubor y con un desapego cruel e inexplicable.
Hubo un tiempo en que tu equipo se codeaba con lo más granado de Europa, que miraba a los grandes de más allá de los Pirineos a los ojos, con la vista fija y el orgullo henchido. Hubo un momento de la historia que el tiempo, contra toda lógica y razón, se detuvo y nos mostró la grandeza, la elegancia y la clase de unos jugadores icónicos y que hoy son leyendas en el imaginero popular de la afición sufrida y doliente que no conoce el límite de su pena y su desazón.
Iván, cariño, te cuento una historia para que entiendas, para que comprendas cuan grande llegó a ser tu equipo.
Recopa del año 1980. Semifinales, partido de vuelta en el Sanctasantórum valencianista. No cabe un alma, no hay hueco para un sentimiento más, el ambiente de las grandes noches europeas. Puro paroxismo vital y emocional. El Valencia debe remontar un 2-1 que se trajo en contra de la casa de Julio Verne, Nantes. Aquel Nantes excelso y donde destacaban el portero Bertrand-Desmanes , el elegante y fino zaguero Maxime Bossis, sí, sí hijo el mismo que falló el penalti decisivo en la semifinal mundialista del 82’ de Sevilla frente al tormento alemán. También sobresalía un druida del balón, el centrocampista, ya fallecido, Henrí Michel y su delantero goleador, Bruno Baronchelli.
Aquella noche de locos 50.000 personas entraron en trance. Los goles de Bonhof, Henri Michel (pp) y dos del ‘Matador’ Kempes llevaron en volandas al conjunto de Alfredo Di Stéfano a la final que luego se le ganaría al Arsenal en otra historia para contar.
Los libros enmarcados y bajo la firma de los grandes narradores valencianos se escribían con letra gótica, la grafía era distinguida y narraba con una exactitud, con una precisión de cirujano los grandes logros del equipo de la avenida de Suecia. Daba gusto ojear aquellos libros, deleitarse con las grandes hazañas, con las épicas victorias deportivas que abrían noticiarios, y que eran portada de los más egregios diarios deportivos de la época.
Querido hijo aquel tiempo pasó, aquellos jugadores han dado paso a otros que con todo el respeto del mundo para ellos en condiciones normales jamás portarían la casaca del murciélago por faltarles pedigrí para hacerlo; incluso hasta los entrenadores, algunos de ellos, no han tenido el tronío y el curriculum para sentarse en el banquillo del centenario estadio ché.
Esta afición no merece tanto escarnio, tanto castigo. 40.000 almas heridas que cada 15 días acuden a Mestalla a sabiendas de que pueden ser zarandeados, que es probable que el nivel de juego sea miserable e infame, de que el escudo no es merecedor de sus portadores.
Hoy el Valencia, tu Valencia, querido hijo, es un juguete roto, un sentimiento sobre el que algunos, por acción o por omisión, han miccionado y han defecado por obra y gracia de sus estupidos procederes.
Un Valencia insustancial, deambulando por los bajos fondos de la Primera División, por los suburbios de la clasificación, como un toro embolado, esperando el descabello, el tiro de gracia que por cobardía y vergüenza nadie le da.
Y yo les grito a todos, rompiendo mis pulmones y tensando mis cuerdas vocales de que ¡¡¡Basta ya!!!, esto debe de acabar. Esta situación no se puede aguantar ni un minuto más; que se vayan todos aquellos que en su momento fueron recibidos en loor de multitudes, como si aquello fuera la panacea. Esta ciudad, este equipo, esta afición merece otra cosa, deben de regresar los tiempos de la estabilidad social e institucional. No queremos más trileros, más embaucadores, más desubicados del sentimiento valencianista. Es hora de dar un paso adelante, de aunar esfuerzos, de corregir errores y de aprender de ellos. Es hora de retornar a la senda de esta entidad, y no me refiero a la Antigua Senda de Senent. Me refiero a la senda de los éxitos y de la recuperación de los valores que hicieron grande a esta entidad, a esta ciudad,a estas gentes.
Amunt Valencia. Sempre. Te quiero hijo, os quiero hijos.
En Mislata a 15 de septiembre de 2026.
Diego de Vicente Fuente

