Berlín, la ciudad de las miradas perdidas

Berlín, la ciudad de las miradas perdidas
Berlín, 27/08/2014, Diego de Vicente Fuente
Berlín ha perdonado, y sobre todo se ha perdonado. El tiempo, y por encima de todo la historia le castigaron con excesiva virulencia. El escarnio fue público y notorio. Pagó por pecados cometidos y no cometidos y durante un sinfín e inacabado período de tiempo purgó sus vergüenzas y sus miserias ante la mirada atenta y despiadada del resto del mundo. Ciudad atrayente e influyente, capital de la poderosa Alemania.

Berlín, la ciudad de las miradas perdidas, la de las mil puertas de entrada a la vanguardia, al arte y al diseño. El Berlín glamuroso de los locos años 20; la ciudad que vio nacer al ‘ángel azul’, Marlene Dietrich, la camaleónica Marlene que se puso en la piel de ‘Lili Marleen’. La seducción al servicio del celuloide y por extensión, al servicio de la propia vida. Marlene la carnal, Marlene la banal, la mujer de dos sentidos.

Fundada en 1237, fue sucesivamente capital del Reino de Prusia (1701-1918), de la República de Weimar (1919-1933) y del Tercer Reich (1933-1945). Vivió los mejores avatares de la historia pero también los más feroces y encarnizados sucesos bélicos surgidos de dos Guerras Mundiales y de una gélida confrontación entre dos bloques diametralmente opuestos en todo. De resultas de esa Guerra Fría se alzó un Muro insolidario que avergonzó durante 28 años a toda la humanidad en peso. Berlín dividido, Berlín fracturado, Berlín desangrado y sumido en un juego univoco de espías y de chismorreos que arruinaron para siempre la ‘vida de los otros’. Berlín con el corazón partido en cuatro mitades, cada una con sus usos y costumbres, con sus filias y sus fobias: Berlín de todos, Berlín de nadie. La bienquerida, la malquerida. La deseada, la indeseada. El fruto prohibido, el pecado original.

La urbe de los cinco ríos, la de los vaivenes y las grandes avenidas. La ciudad del vivir por vivir, y sobre todo por sentir. Aquí nadie mira a nadie.

Ciudad aromática que se deja seducir por las diferentes culturas que la mecen materialmente a través de sus diferentes barrios, barrios esparcidos cuan fichas por el tablero de ajedrez. Juego de reyes y para reyes. Sesgados los alfiles, sobrevive la reina.

Berlín, la ciudad de las miradas perdidasMitte, conocido como el núcleo activo de la ciudad. Allí cohabitan en amena compaña museos, memoriales y lugares emblemáticos con historia, con toda la historia que tú desees conocer. Mitte sabe de tus deseos y anhelos y gustosa se te muestra. En ese barrio descansa al amparo del sueño eterno de la vida la celebérrima Puerta de Brandenburgo (Brandenburger Tor en alemán). Situada en el centro actual de la ciudad, en la Pariser Platz, formando el final con la bucólica y poética avenida Unter den Linden (‘Bajo los Tilos’) y delimitando el comienzo del pulmón verde berlinés, el gran parque Tiergarten. Y fue allí, en ese parque, en donde muchos le cantaron al amor y al frenético deseo que otorga, que brinda la vida. Amores de ida y vuelta, amores de ríos revueltos, de esencias y presencias. El parque de los recuerdos, el parque de los amaneceres prusianos, el remanso de paz que todo viajero loco busca y desea encontrar. Línea divisoria entre locura y cordura mundanas.

Berlín y su ‘litle Istambul’; sí, sí allí en Kreuzberg, el barrio de las mil culturas, donde el olor de las especies transita entremezclado con el ir y venir de curiosos que ansiosos buscan la ubicación del mercado al aire libre. El ‘Türkenmarket” es una orgía para los sentidos, un excitante viaje al principio de los tiempos, a la ruta de la especies y de la seda. En Maybachufer el tiempo se toma libre unas horas. Berlín también tiene su Samarcanda particular, Berlín también tiene su ‘Tumba del Rey’.

En otro de los emblemáticos barrios berlineses el mito gélido y hierático Dietrich se dejaba ver con asiduidad durante aquellos locos años 20. En el legendario local ‘Eldorado’ del tranquilo barrio de Schöneberg. Local conocido más allá de los límites de la ciudad. La alta sociedad berlinesa se dejaba caer por allí para experimentar, a través de la vista y los sentidos, las sensaciones que deja encontrarse a mitad de camino del mundo heterosexual y homosexual. El morbo y el voyerismo juntos de la mano en busca de sabe Dios qué cosas. Hoy Schönenberg sigue conservando su aurea de barrio tranquilo, en donde se respira ganas de vivir y de seguir construyendo un futuro de claros y luces.

El viaje continua y sin apenas darnos cuenta nos damos de bruces con Charlottenburg, barrio de la zona oeste de la ciudad con teatros, museos y restaurantes refinados y no al alcance de todos. Este lugar ofrece noches de entretenimiento sofisticado. Paga la vida, todo a la cuenta de aquel señor de la esquina. Durante el día, en esta elegante zona berlinesa, es muy agradable visitar el palacio y los jardines palaciegos. Sus calles limpias invitan a visitar los centros comerciales de lujo. Aquí, en Charlottenburg está la otra artería principal de Berlín, la avenida Kurfürstendamm, que tras años de decadencia se ha vuelto a levantar cuan ave fénix y en sus casi cuatro kilómetros de extensión ofrece al visitante todos los placeres que el lujo y el dinero pueden otorgar. El dinero no da la felicidad, pero ayuda, ¡vaya qué si ayuda!

En Alexanderplatz las citas son constantes. Orgullo de la Alemania Oriental. Antaño proscrita, hoy amada y venerada: La hora del mundo reposa allí.

Berlín y sus monumentos, Berlín con sus iglesias, con sus barquitos de recreo, con su Catedral, que orgullosa y altiva se alza sobre nuestras cabezas y también sobre nuestros pecadillos de poca monta. El Berlín reconstruido y cosido, la ciudad aseptizada y cauterizada. La ciudad de los encuentros y los desencuentros, el alemán envolvente y decente; pero a la vez el mismo elegante caballero que acogió con ternura, allá por el S.XVII, a más de 20.000 hugonotes franceses tras el famoso Edicto de Potsdam (29 de octubre de 1685).

La ciudad de las cien caras, la de las múltiples posturas; la señora refinada, la puta deslenguada; la acosada, la liberada, la hecha, la contrahecha,…La silente, la yacente. Todas en una, una en todas. Parece que han vuelto los años dorados a Berlín. El oso se ha alzado en su ciudad justo al lado de checkpoint Charlie, allí donde la historia y el mundo se volvieron locos de atar, de atar y de encerrar. La frontera entre este mundo y los demás. El Partenón de nuestras vergüenzas y nuestras miserias, el averno de nuestros miedos más ancestrales. Qué sea la Historia, sólo ella, la que juzgue lo juzgable, lo condenable, lo deleznable,…Amemos a Berlín por lo que es, por lo que nos da. No hay nada malo en hacer el bien.

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