El prisionero del Dueso

El prisionero del Dueso
Mislata, 17/10/2012, Diego de Vicente Fuente
1 de agosto de 1980: en un chalet de la residencial Somosaguas (Madrid) cohabitan juntos el caos, el desorden, y sobre todo la sangre, mucha sangre esparcida por el suelo, y también adherida a las sábanas de blanco satén del dormitorio. Durante esa noche han sido asesinados a tiros los Marqueses de Urquijo. El Marqués dormía, la Marquesa se despertó con el ruido que se produjo en la casa a altas horas de la madrugada tras tropezar el asesino, o asesinos, en su alocada huida con algunos muebles que se fue encontrando a su paso.

A partir de entonces un río imparable de tinta brotó, de manera espontánea, por todas las redacciones de los periódicos y revistas al son de la insaciable voracidad de unos ávidos lectores y de una descarnada opinión pública que pedía aún más sangre y sobre todo exigía culpables.

Y entre todo aquel loco y excitante momento, mezcla de morbo y de olores nauseabundos, surgió la figura de Rafael Escobedo Alday, el yerno de los Marqueses. Atractivo, un ‘bon vivant’ a la española, a mitad de camino de todo, de los estudios que no concluyó, del trabajo que no desempeñó. A ‘Rafi’ le gustaba vivir bien, ir de fiesta, volver tarde, jugar con lo prohibido, adentrarse en lo desconocido. A ‘Rafi’ le gustaba casi todo. Corrían los años 80, los años de la movida madrileña a la que él y sus inseparables amigos, entre los cuales estaban Javier Anastasio y Maurico López-Robert, se entregaban sin dilación alguna. Y en medio de toda esa bacanal de locas vivencias surgió la figura, cuan mantis religiosa, de Miriam de la Sierra. Y con ella su hermano Juan Manuel. El circulo se amplió y las movidas nocturnas y no tan nocturnas se acrecentaron hasta límites insospechados. Es posible que llegados a este punto todos perdieran el control. El control de la situación, el control del tiempo, el control de sus vidas.

Huidos unos, esquivos otros, sólo ‘Rafi’ fue señalado, juzgado y condenado por aquel atroz crimen que tanto conmocionó a la sociedad española de entonces. La trama y sobre todo el móvil aún hoy son un autentico misterio. ‘Rafi’ amagó largar por su boquita, pero si algo se guardó para sí se lo llevó el mismo día que decidió tirar por la calle de en medio. O tal vez sería mejor decir el día que decidieron que tirara por la calle de en medio, la calle más dudosa de todas, la menos transitada. ‘Rafi’ tenía cianuro en sus pulmones el día que se ahorcó en su celda.

30 años después de los crímenes reapareció cuan fantasma venido del más allá Javier Anastasio, el amigo de la infancia de ‘Rafi’, procesado como coautor del doble crimen y que días antes de celebrarse el juicio huyó a Brasil. Regresó, se dejó entrevistar ya con la tranquilidad del que se sabe libre y sobre todo impune tras las prescripción de los delitos cometidos. Más halo de misterio al caso que tiene visos de no cerrarse jamás.

Empieza a hacer frío allá arriba, en el cantabro barrio del Dueso, a escaso minutos de la marinera Santoña y a mucha menos distancia de la hermosa playa de Berria. Y es en ese barrio del Dueso en donde se asienta y acomoda la Prisión del mismo nombre. Y fue allí, en ese Penal, a las faldas del monte Buciero y rodeado por las marismas de Santoña en donde estuvo recluido Rafael Escobedo Alday, el prisionero del Dueso. Y estuvo allí hasta que en julio de 1988 decidiese o decidiesen ahorcarlo en su celda de la segunda planta del pabellón central. Dos intentos de suicidios anteriores al fatal desenlace, el innegable e imperdonable abandono por parte de su familia, de sus amigos, o de casi todos sus amigos le fueron cercando y acorralando física y psíquicamente. Un corte en las venas, una sobredosis de heroína que no logró su propósito, y por el fin el método recurrido y recurrente del ahorcamiento en los barrotes de aquella celda que compartía con dos reclusos más pero que aquel día habían bajado al patio mientras ‘Rafi’, quizá ya aprisionado en su propia desesperación, optó por quedarse a solas en la celda. O se venció o lo vencieron. A las 12.45 de aquel 27 de julio de 1988 el funcionario que realizaba el recuento rutinario lo encontró colgado de los barrotes de su celda. Sólo quedó certificar su muerte. Los que supieron y quisieron rezar, rezaron; y los que no en fila y a comer que el hambre aprieta y no conoce ni sabe de duelos.

En el Penal del Dueso la vida carcelaria es dura y no difiere en lo más mínimo del resto de las cárceles españolas. Instituciones Penitencias es inflexible en todo lo concerniente al modus vivendi que rige en todas ellas. En el Dueso, como en todas la demás, la vida transcurre entre el ‘chabolo’ ( celda, en el argot carcelario) , el patio y la cantina. Todo allí es pura monotonía. De la cama al recuento, del patio al recuento, de la cena al recuento y de ahí de nuevo a la cama. Fuera de eso todo gira entorno a las instancias. Instancia para un vis a vis, instancia para el juez, instancia para esto, para aquello. Y así va pasando la vida, vida que parece no avanzar. Entre intramuros todo adquiere tintes de desesperación y drama. Y fueron la desesperación y el drama lo que se comieron, literalmente hablando, a Rafael Escobedo Alday, aquel chico bien del Madrid de los 80.

A ‘Rafi’ lo mataron entre varios. A ‘Rafi’ lo mató su mala cabeza, lo mató sus malas compañías, lo mató la droga, pero también lo mató el sistema que no atendiendo a razones lo dejó herido de muerte y con el alma desangrada en aquel Penal norteño. ‘Rafi’ gritó, ‘Rafi’ bramó como un poseso aquello de “no soy nada, no soy nadie”. Aquel muchacho resultón de ver cedió hundido y vencido a la temprana edad de 33 años. Allí, en el Penal del Dueso, a las faldas del monte Buciero, entre marismas y vientos del norte su historia y su vida quebraron hace ya 24 años. ¿Culpable?, ¿inocente?, tal vez un poco de todo o tal vez un poco de nada que siempre es posible.

Va haciendo frió allá arriba, el aire marino llegado de los confines del Cantábrico recorre las galerías y las celdas del Penal del Dueso. Asesinos, yonkis, violadores, estafadores, ladrones, traficantes…, todo lo peor, todo lo insano de la condición humana se da cita allí. En los recuentos se ven las caras. No hay tregua para la maldad, ella no entiende de absentismos. Ya casi nadie cree en la ‘libertad bajo palabra’; ni en Córdoba ni en Valencia. Restañar heridas es un ejercicio de costosa ejecución. Y ya no hablo de reinsertarse. Ese parece el más difícil todavía.

La recta de la entrada principal del Dueso es larga, y mientras unos entran otros salen. Allí conviven la indecencia con la imprudencia. La temeridad con el desarraigo. Aunque algunos cuentan que aún queda sitio para la esperanza. Lástima que Rafael Escobedo Alday, el prisionero del Dueso, nunca la viera, nunca la sintiera próxima a él. Entiendo que el réquiem ya te otorgó tu descanso, ese descanso siempre es merecido.

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