A las doce en el Dindurra, Gaspar

A las doce en el Dindurra, GasparEn las recónditas oquedades de la memoria, de nuestra memoria, cohabitan de manera pacífica y dulce una infinidad de recuerdos que conforman y configuran nuestro decálogo vital. Allí, en quiescente y silente estado, se agolpan, con decoro y siguiendo el protocolo, lo más granado de nuestra existencia mundana. Allí la llama de la vida siempre anda prendida, fuego eterno y duradero, herencia ancestral de Prometeo. Bendita y querida memoria. Tan tierna, tan femenina, tan llena de encajes, tan juguetona y pícara, tan sugerente y envolvente. Ora despierta, ora durmiente.

Podría haber elegido mil sitios, a cada cual más bello y sobrado de significado y por ende de significante. Te hubiera podido ubicar en cualquier parte y en todos ellos ocuparías un espacio importante; y lo que es aún mejor, en todos te hubieses sentido cómodo, muy cómodo. En Madrid, en Londres, en el sur de Gran Canaria, en el puerto pesquero de Santander, en un rinconcito del ‘Ermitaño’ en Benavente, en Johannesburgo, en Sevilla,… Cualquiera hubiera valido, pero elijo Gijón, tu Gijón, el de tu tierna infancia y el de tu inquieta juventud. El Gijón atrayente e influyente, el de la Escalerona y la Mareona, también el de la ‘Maquinona’ (‘Tati’ Valdés); el Gijón de la Playa de San Lorenzo y Cimadevilla, el de aquellos amaneceres y atardeceres crepusculares que alimentaron tus sueños en aquellas primaveras vitales, tus primeras primaveras.

A las doce en el Dindurra, Gaspar

El Dindurra rezuma historia por sus cuatro benditos costados. Aroma de un tiempo en blanco y negro, de una época pujante donde la ciudad se abría paso a la modernidad a grandes dentelladas. Ornamentación florida, Art Decó por doquier que lo mismo te adereza un frugal almuerzo que una pomposa y copiosa cena. Columnas que sustentan con agrado y paciencia la historia de una ciudad acogedora y benigna. Columnas que en nada tienen que envidiar a las pétreas cariátides griegas. El Grupo Gavia lo rescató de los infiernos en donde amenazaba desaparición y olvido. Y fue allí en donde empezaste a asomarte a la vida. Allí, en aquel enternecedor y familiar ambiente, te reunías con tus amigos, los del barrio y los del Corazón de María, para hablar de lo trascendental y lo vital.

Formasteis vuestro propio ateneo. Reuniones de unos imberbes y pueriles jóvenes que se movían en la hermosa edad de los catorce. Te imagino observador primero, conversador después. Tu verbo y tu voz en perfecta armonía que con el transcurrir de los años alcanzó cotas inimaginables. Los tiempos bien definidos, el arte de la oratoria adquiría en ti dimensiones insuperables, y todo desde la naturalidad, la forma más bella de expresión. Intuyo que allí, en el Dindurra, dejabas volar tu imaginación que a velocidad de crucero se abría paso entre los sueños y los anhelos que a esa temprana edad mezcla nerviosismo con ilusión a partes iguales. Lo de ser abogado vino después, aunque llegar nunca llegó. A pesar de ello siempre tuviste alma de jurista, y el tiempo y las circunstancias te hicieron en infinidad de ocasiones juez de causas perdidas. Bien lo sabes tú y los tuyos.

La temprana e inesperada desaparición de tu padre te hizo coger su micrófono y seguir su luminosa estela. Junto a ti siempre Manolo, tu hermano, tu amigo, tu guía. Y entre tanto la vida que seguía enseñándote caminos y vericuetos accesibles unos, inaccesibles otros. La vida tiene excedente de ‘ochomiles’.

Algo me dice que sigues yendo al Dindurra; que te dejas cubicar por su esencia, esencia que se hace presencia. Que entre sus paredes caes abducido por el ambiente y por todo lo vívido antes y después de tu estancia primigenia. Que hoy como ayer sigues bebiéndote la cultura en taza, que nada desdeñas y mucho menos dejas al azar. Que tus amigos de entonces lo siguen siendo ahora; incluso Aniceto, el del pub ‘Victoria’, otro de los lugares de tu juventud. En nada se cumplirán dos años de tu marcha, en nada la vida seguirá dando sobresaltos y quebrantos, en nada sonreiremos y lloraremos , en nada todo sucederá y acontecerá.

El dolor es íntimo, personal, te desgarra y te hace heridas de difícil asepsia. A no todos les cauteriza por igual. El dolor se queda en casa, entre los tuyos, entre quienes te han querido y quieren hasta la locura, hasta dos calles más abajo de la eternidad. Cada mañana, cada atardecer, cuando cae la noche la herida supura y no cierra. Y lo hace en Adela, tu mujer, en tus hijas, esas que preservan y conservan vigente tu legado con un indomable e inquebrantable espíritu heredados de ti, amigo mío. Tu web, tu refugio personal, sigue abierto a todos; quiero imaginar también que tu faro de Cíes te alumbra allá donde te encuentres, en ese lugar al otro lado de los montes astures, en donde siempre da el sol.

Ahora que no nos ve nadie, ahora que por desgracia no puedo ver tu cara te confesaré abierta y sinceramente que te echo de menos. Inma te saca en alguna conversación, y de vez en cuando, al mirar a Iván, que va camino de los 3 años, recuerdo aquella llamada que te hice a las ocho de la mañana de aquel día de mayo de 2015 pidiendo tu ayuda para él. Y al otro lado del telefóno encontré la mesura, la calma, el sosiego, la búsqueda de la solución, encontré al amigo que no reparó ni escatimó en socorrerme, en socorrernos. Ese eras y eres tú; la partitura interminable, el verso libre, el poema inacabado, un gesto de aspecto nimio pero de fondo intenso y brillante. El pentagrama de la historia aún sigue dándole forma a lo que has representado y representas. La narración sentida y apasionada de un gol, el desmarañamiento de las timbas intestas e infestas en el Bernabéu, tu otra casa, una de tantas; tus escritos certeros y afinados, tus conversaciones pausadas, tus frases cortas y directas, tu magistral e inigualable arte de escuchar primero y responder después.

De ti nos queda, siempre en presente, el titánico e impagable esfuerzo de luchar y defender a los tuyos, de pelear hasta la extenuación y casi el desmayo por buscar en todo y en todos la equidad y la justicia. Proyectos faraónicos que fueron cayendo cuan castillo de naipes, desplantes de quienes antes se preciaron de ser amigos tuyos y luego con un descaro vergonzante te dieron la espalda; y ante todo eso y ante todos ellos tú siempre ofreciendo y dando lo mejor de ti. Tu voz, suave, dulce, tranquila, almibarada destacaba ante los falsos druidas, ante los visionarios de poco lustre, ante los cainitas bravucones y malintencionados. De ti nos queda tu bondad sin límites, tu genialidad irrepetible a la hora de electrizarnos con un gol, con el gol, nos quedan tus coletillas, tus infantiles sonrísas, tu Gijón, tu Madrid, tus lugares sobrados de magia y con excedente de duende. De ti nos queda todo. Siempre vivo a través del recuerdo, de la memoria, de los ratos compartidos, de los gestos dados y ofertados. Algún día volveré al Dindurra y allí estarás disertando, exponiéndo, contando, narrando, viviendo y haciendo vivir y sentir. Algún día volveré.

“Llueve en Sevilla, cómo llueve en Sevilla…Hay gol en el ‘Insular’, adelante Diego de Vicente, adelante compañero…”(Gaspar Rosety/Radio Voz). Y luego, tras aquel gol narrado dijiste el halago más hermoso que he recibido nunca en un medio de comunicación: ” Da gusto tener compañeros con tanta facilidad para crear literatura sobre la marcha”. Ese era, ese es,Gaspar Rosety Menéndez.

Escribió José Maria Gironella que ‘Los cipreses creen en Dios’, y Dios bajó un buen día, entró en la cabina que ocupaba Gaspar y tras oírlo, tras sentirlo durante unos breves pero embriagadores instantes quedó prendido y prendado de su VOZ; desde aquel momento lo tuvo claro, ” a éste lo quiero en mi equipo”; y alguién le preguntó a ese mismo Dios: “¿y los demás?”; a lo cual él respondió: “Los demás pueden esperar”, y se lo llevó con él; y Gaspar alcanzó el nirvana.

Te seguiremos echando de menos; hoy, mañana, siempre.

Diego de Vicente Fuente

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